Más allá de la vida

Clint Eastwood se ha consagrado como uno de los grandes cineastas de nuestra época. Como actor, conoce los detalles de la interpretación y como director, se ha dedicado a explorar historias de vida aleccionadoras y crudas, que desembocan en dramas finamente realizados. Triunfos y derrotas, alegrías y tristezas, han sido llevados a la gran pantalla por este experimentado director. En su nueva película, “Más allá de la vida”, Eastwood hace una curiosa incursión en un argumento que parece ser diferente, el “más allá”.


Lo primero que hay que decir es que las apariencias pueden engañar, y es que “Más allá de la vida”, no trata tanto el tema del más allá como parece. Éste es simplemente el hilo conductor que une la vida de los protagonistas. El argumento real sigue siendo el de siempre, el drama de la vida. Y en esta película, son los vivos los que lidian con la existencia o no de un estadio del alma luego de la muerte.

Clint Eastwood presenta el drama personal de George Lonegan (Matt Damon), un psíquico que busca escapar de este don, Marie Lelay (Cécile De France), una periodista que casi muere ahogada y experimenta una visión del más allá, y Marcus (Frankie y George McLaren), un niño que pierde a su hermano gemelo en un accidente. Así, la incursión al más allá queda reducida a contadas imágenes, presentadas a través de la visión de Marie y de las “conexiones” de George al hacer las lecturas, y son representadas a través de formas borrosas, sombras en un universo de luz que adjudican un carácter etéreo a este estadio.

Estas tres historias son presentadas de forma individual, lo que funciona perfectamente los primeros minutos de la película, ya que permite conocer las características de los personajes, así como las circunstancias que les atañen y el conflicto individual de cada uno de ellos. El problema viene conforme el metraje avanza, y es que parece que el guión se queda atascado en un primer acto interminable, donde el ritmo que parecía ser dinámico al comienzo, se convierte en un compás tedioso, predecible y constante, donde una y otra vez se repite el ciclo: Marie, George, Marcus. La agonía se hace mayor, ya que el espectador sabe que el encuentro de los personajes es inminente, sin embargo, no termina de concretarse y la espera se hace eterna.

Finalmente, las historias llegan a entrelazarse y los tres personajes se encuentran. Pero esta vez, parece que la espera no vale la pena, y es que el desenlace no resulta para nada impactante, mucho menos conmovedor. Luego de casi dos horas de metraje, sólo los últimos minutos se dedican a narrar el encuentro tardío de los protagonistas. Marcus finalmente logra comunicarse con su hermano a través de George, y esta escena puede considerarse conmovedora, sí, pero no alcanza a transmitir el dolor de la pérdida, ni siquiera se acerca a lo que logró Eastwood en algunas escenas de “Million dollar baby” (2004), en las que el género dramático alcanza su máxima expresión (de forma natural, sin caer en exageraciones). Ni hablar del encuentro entre George y Marie, sobre todo la fantasía en la que George se imagina besando a la protagonista, la cual parece un poco fuera de lugar (aún teniendo en cuenta que se deriva de la condición de solitario incomprendido del personaje).

Las actuaciones de todo el reparto son acertadas, quizás Matt Damon, llevó un poco más allá la frustración de George Lonegan, al interpretarlo como un hombre tan cerrado que se hace inexpresivo. Cécile de France (Marie) despliega sus encantos en una actuación dramática, que adorna con naturalidad la historia. Los gemelos Frankie y George McLaren en el papel de Marcus y Jason, el cual intercambiaron durante la película, crean los momentos más emotivos de la historia, quizás por ser su relato el que representa la pérdida y además, por su condición de niños.

El toque de Eastwood no deja de estar presente, con una dirección sobria y cuidada quizás tan exageradamente que llega a restarle naturalidad a la obra. La fotografía, como siempre juega un papel fundamental. El aire melancólico, presente en la obra del director, se repite, presentando juegos de sombras y luces que contribuyen a crear la atmósfera que se quiere transmitir.

Como se dijo al principio, es imposible negar que Clint Eastwood es un gran director, pero también se puede decir que “Más allá de la vida” no es de lo mejor de su obra (teniendo en cuenta el estándar al que estamos acostumbrados por el mismo director). Se trata de una película promedio, quizás un poco lenta, quizás menos emotiva de lo que algunos esperaban, eso sí, perfectamente realizada y ejecutada, por lo que es imposible obviarla.

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