Black Swan

El 2010 trajo consigo obras cinematográficas significativas, películas esperadas por un público ávido de ver el último trabajo de directores célebres y harto conocidos. Martin Scorsese y Tim Burton estrenaron sendas películas en el primer trimestre del año pasado. “Shutter Island” y “Alice in Wonderland” fueron sólo un abreboca de lo que vendría. “Inception” de Cristopher Nolan y “The Social Network” de David Fincher fueron el plato fuerte del pasado 2010. “Black Swan”, de Darren Aronofsky, forma parte de este grupo, aunque aún no ha sido estrenada en Latinoamérica.

“Black Swan” cuenta la historia de Nina, interpretada por Natalie Portman. Una bailarina de la Compañía de ballet de Nueva York, quien tras años de perseverancia consigue el rol protagónico de una nueva versión de “El lago de los cisnes”. La rivalidad que se desata entre ella y una de sus compañeras, Lily (Mila Kunis), su obsesiva búsqueda de la perfección y la opresión en la que vive gracias a su madre, caracterizada por Barbara Hershey, llevarán a Nina a vivir en un mundo donde la línea entre la locura y la razón se hace cada vez más difusa.

El conflicto que se presenta dentro de Nina, es uno muy conocido y explotado no sólo en el séptimo arte, sino en la literatura, filosofía y hasta en las religiones. No es otro que la convivencia del bien y del mal en un mismo individuo. En este caso, se perfila lo que es el acercamiento de Nina hacia su lado más oscuro. Esto, cuando la bailarina intenta complacer a Thomas Leroy (Vincent Cassel), director de la obra, para alcanzar la perfección al interpretar tanto al cisne blanco, reflejando la pureza y dulzura que por sí misma Nina desprende, y también al cisne negro, evidenciando la sensualidad y misterio contrario a su personalidad.

Así, se puede decir que lo impactante de esta película no es la originalidad del argumento sino la forma en la que se encuentra magistralmente narrada y caracterizada por cada uno de los miembros del reparto. Además, de la perfecta puesta en escena y belleza de cada una de las imágenes que componen el metraje.

Es casi imposible no pensar que Natalie Portman, al igual que Nina, obtuvo con este personaje el papel de su vida. Y cabe decir que la actriz, conocida por películas como “Closer” (2004) por la que fue nominada al Óscar, no desperdició esta oportunidad. La interpretación es algo más que brillante, se trata de una representación magistral, absolutamente verosímil y dotada de una intensidad que traspasa la pantalla y atrapa al espectador. Sin duda, Portman brilla con luz propia en esta película.

El resto del casting es igualmente magnífico. Un grandioso Vincent Cassel representa a Thomas Leroy, y como tal, incita, presiona a la protagonista, mientras domina la escena con fuerza avasallante. Barbara Hershey por su parte, representa a Erica, la madre de Nina, y refleja a la perfección la frustración de la artista que ve en su hija los logros que ella misma no obtuvo. Winona Rider es Beth, la bailarina estrella de la compañía a quien sustituye Nina, un papel pequeño, aceptable, bien interpretado. Y finalmente Mila Kunis, quien interpreta a Lily, la contraparte de Nina, y le imprime a su papel la sensualidad y lujuria que requiere.

Desde el punto de vista técnico es posible decir que cada plano, posee la luz, el color y la composición perfecta para transmitir algo, la imagen habla por sí sola y nos dice exactamente lo que Aronofsky quiso transmitir. Esto, contribuye enormemente a crear este ambiente sórdido, en el que el espectador queda atrapado por el drama. Y a pesar de que es obvio que se está en presencia de la mente enajenada de la joven, llega a confundirse y hasta a dudar.

La cámara en mano durante las secuencias de baile dota a las mismas de intensidad. Y el uso constante del over shoulder o plano compuesto sobre el hombro de la protagonista, nos permite ver el desarrollo de la acción desde su perspectiva, así como sentir, la presencia de su alter ego generalmente a través del reflejo en un espejo. Esto, forma parte de la simbología aplicada por el director para enriquecer el contenido de la película. Igualmente, el montaje y la musicalización son elementos clave para otorgar el ritmo tirante en el que la tensión está presente desde el comienzo y cada vez más retiene a un público incapaz de bajar la mirada.

Todos estos elementos, en conjunto, forman una obra cuya fuerza recae en la intensidad que se desprende de una pantalla repleta de imágenes y actuaciones memorables, hiladas por un suspenso inteligente. Al terminar la función, el espectador quedará con un sabor de boca muy particular, mitad dulce, mitad amargo. Y aquellos que conocen el trabajo de Darren Aronofsky reconocerán que este cineasta es capaz de llevarnos al límite, y que con “Black Swan” ha logrado replicar una sensación ya producida por algunas obras anteriores, como “Requiem for a Dream” (2000), y aún más, ha logrado multiplicarlas elevando esta película, al estatus de obra de arte.

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