Guerrilla supra-histérica

“Subhysteria”, la opera prima del venezolano Leonard Zelig, toma como carta de presentación el cine guerrilla, el cual, no es más que una variante del cine independiente y como tal, un escape al control de la industria cinematográfica por parte de los grandes estudios de Hollywood.


La película puede ajustarse a lo que en líneas generales representa esta tendencia, ya que fue hecha con un presupuesto mínimo y con un equipo humano (técnico y elenco) bastante reducido. Además, adopta parte del estilo visual de este tipo de obras y agrega, como último ingrediente, la técnica de improvisación de los actores. El resultado, es una obra experimental en la que la dirección y las actuaciones se enfrentan con el intento de recrear una realidad desde todo punto de vista forzada.

Desde la perspectiva visual, quienes han visto películas representativas de este género, como “The Blair Witch Project” (1999), “Rec” (2007) y “Paranormal Activity” (2007, pero comercializada en 2009), saben que en las mismas se introduce la cámara dentro de la trama y así, se convierte en la herramienta narrativa ideal para acercar al espectador a lo que está sucediendo.

Tal no es el caso de “Subhysteria”, por lo que, el uso durante toda la película de la cámara en mano, del indiscriminado zoom in-out, de la persistente composición de planos con un encuadre al “descuido” y de frecuentes imágenes relenteadas raya en lo abusivo y cansa al espectador, creando un discurso que resulta desordenado e injustificado muchas veces. A esto, se une una iluminación pobre que, si bien busca sostener que se trata de una situación real, dificulta aún más comprender qué está sucediendo en aquel vagón de metro.

De la mano de este discurso visual se encuentra una trama desarrollada a medias. Sin un guión establecido, la guía para la improvisación estuvo dada por una escaleta y por situaciones marcadas por el director. Es obvio que se trata de un experimento, pero también es sabido que existe una guía y una construcción de personajes, la cual, a simple vista está basada en la representación de estereotipos harto explotados anteriormente en el cine.

Desde los típicos jóvenes norteamericanos que “eligieron” ser vírgenes hasta el matrimonio y la conocida rubia despampanante que reconoce su promiscuidad, pasando por el pastor alcohólico y resentido, hasta llegar a los venezolanos sin rumbo, sin un sentido más allá que encontrarse a otros venezolanos en el exterior y armar la “rumba”, la mayor parte de los personajes están construidos a partir de creencias generalizadas y convertidas en estereotipos.

Así, esta propuesta novedosa comienza a perder su originalidad y sigue perdiendo de vista parte de su objetivo, suponiendo que éste sea mostrar el desarrollo de la interacción humana bajo una situación extrema como la que se presenta al quedar encerrados en un vagón de metro dieciséis desconocidos.

En un encierro como éste, el pánico y la incertidumbre serían las primeras emociones en aparecer, seguidas por la desesperación y por último por el instinto de supervivencia. Sin embargo, los personajes parecen no asimilar la situación y lejos de mostrar este tipo de sentimientos, se dedican a socializar con quienes los rodean, creando una especie de fiesta en la que el alcohol y las drogas parecen ser el estímulo para la aparición de las verdaderas caras de cada uno de ellos.

La historia, ya está claro, no gira en torno a la gravedad de la circunstancia sino al comportamiento incomprensible de los personajes. Los mismos, son presentados a través de pequeñas escenas o flashbacks del momento que vivieron antes de ir al subterráneo. Éste recurso podía haberse utilizado para develar la verdadera naturaleza de cada persona, sin embargo, en la mayoría de los casos no dio más que unas pocas pistas sobre cada uno, por lo que, muchas actitudes y respuestas dentro del vagón siguen siendo forzadas y sin sentido.

Por otra parte, las actuaciones merecen reconocimiento por haber sido realizadas con la técnica de improvisación, siendo destacadas algunas interpretaciones como la de Brian Schlanger, Estelle Bajou, Ginger Croll y Oswaldo Benavides por parte de los latinoamericanos. Totalmente contrarias aparecen las actuaciones de los venezolanos Isabella Cascarano, Héctor Palma y Elaiza Gil, tal vez por falta de consistencia en sus respectivos papeles. Rebeca Alemán, la otra actriz venezolana, pudo demostrar un poco más sus dotes actorales, sin embargo, el personaje sigue siendo un tanto exagerado.

En “Subhysteria”, el afán por crear una sensación de encierro y de transportar al espectador al contexto de la acción termina por alejarlo de la misma y aún más, por presentar claramente las costuras en la realización. Por ello, es posible afirmar que el mérito de Zelig y su equipo recae en haber tenido el valor de emprender una empresa tan arriesgada como ésta.

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